Nos pasamos tres horas al día mirando las pantallas de nuestro teléfono. A veces lo hacemos inconscientemente, en ratos muertos que nos empeñamos en rellenar con un bombardeo de imágenes inútiles. La facilidad de acceso a cualquier tipo de información ha degenerado en un “horror vacui”, en la necesidad impuesta de estar mirando algo, lo que sea, a través de un dispositivo.



